Duelo organizacional: lo que nadie le dice al equipo cuando alguien se va

Cuando alguien se va de una organización y el equipo no tiene un espacio para elaborar el duelo. Recibe simplemente silencio. Y ese silencio lo llena el radio pasillo. A nivel interno se empieza a crear un conflicto que fácilmente puede escalar y estallar.

No importa si la salida fue un despido, una renuncia o un cambio de área. Si esa persona tenía peso social dentro del equipo, su ausencia genera un vacío que la organización raramente sabe cómo manejar. Y lo que no se gestiona no desaparece, se transforma en algo más difícil de contener.

Lo que suele pasar es predecible: nadie comunica nada oficial, o lo que se comunica es insuficiente. Las personas que no tienen acceso a la información empiezan a llenar ese vacío con lo que tienen disponible: interpretaciones, rumores, versiones incompletas.

El chisme no es un problema de cultura. Es forma como se expresa el síntoma de una organización que no creó un espacio para nombrar lo que pasó.

Y lo que no se nombra cobra factura. El equipo que no procesó esa salida llega a las siguientes semanas más vulnerable, más desconfiado, más propenso al conflicto. No porque sea un equipo difícil, sino porque está cargando algo que nadie les ayuda a soltar.

Hay algo que ocurre en el equipo que pocas organizaciones logran ver con claridad: la salida de alguien importante se convierte en termómetro. Si ya existían molestias con las decisiones organizacionales, esa salida se interpreta como confirmación de que algo va mal. El equipo empieza a leer cada movimiento como señal de inestabilidad y desde ese lugar, cualquier cambio se vuelve sospechoso.

Algo indispensable de entender es que no toda preocupación que surge después de una salida viene del entorno real. Algunas vienen del malestar personal de quien las experimenta.

Cuando los valores, la forma de ser y las expectativas de una persona no coinciden con los de la organización, esa persona vive en malestar constante, independientemente de lo que ocurra afuera. Y cuando alguien importante se va, ese malestar previo encuentra un detonador que lo amplifica. Lo que parecía una preocupación colectiva es, en muchos casos, una preocupación personal que se transforma en justificación para expresar el malestar.

Entender cuál de las dos cosas está pasando es uno de los trabajos más importantes que puede hacer una organización después de una salida significativa. Y es exactamente lo que el outplacement convencional no contempla.

El outplacement tradicional acompaña a quien se va. Le da herramientas para el siguiente paso, para reinsertarse en el mercado laboral, para procesar la transición. Es un proceso valioso. Pero hay una pregunta que casi nunca se hace: ¿quién acompaña a quien se queda?

Porque el equipo que permanece también necesita procesar. Necesita un espacio donde pueda nombrar lo que siente (la incertidumbre, el miedo, la molestia) sin que eso se convierta en conflicto ni en rumor. Necesita entender si lo que vive es una respuesta al entorno o una respuesta a su propia historia con la organización. Y necesita aprender a vivir en congruencia con el lugar donde está, o reconocer honestamente que ese lugar ya no es el suyo.

La psicoterapia organizacional permite hacer exactamente eso: crear un espacio sostenido donde el equipo pueda elaborar lo que la salida de alguien dejó pendiente. No para convencer a nadie de que todo está bien. Sino para que cada persona pueda distinguir entre lo que es una preocupación real y lo que es el eco de un malestar que existía antes.

Lo que las organizaciones suelen hacer en cambio es acelerar: cubrir la vacante, reorganizar, seguir. Como si el tiempo resolviera lo que el silencio dejó pendiente.

No lo resuelve. Solo lo entierra. Lo niega.

Si llegaste hasta aquí es probable que reconozcas este patrón en alguna salida reciente de tu organización. Quizás en cómo reaccionó el equipo. Quizás en conversaciones que se tuvieron, o que nunca se tuvieron.

Esto no es un problema de comunicación interna ni de gestión del cambio deficiente. Es el resultado de un proceso emocional que ningún protocolo de salida contempla y que sin un espacio adecuado para ser atendido, termina afectando la estabilidad del equipo que se queda.

¿Tu organización tiene un proceso para acompañar a quien se queda, no solo a quien se va?

Si esa pregunta genera más dudas que certezas, puede valer la pena conversarlo. No para resolver todo en una sesión, sino para empezar a ver con claridad lo que el día a día no deja ver.

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